El temible escenario de la estanflación

La pandemia de la Covid-19 ha significado una tragedia múltiple. A la lamentable perdida de vidas humanas, lo principal, los costos a los diferentes sistemas nacionales de salud, se suman los severos problemas de empleo, bajo crecimiento e inflación. Difícilmente puede concebirse un escenario más intrincado, pues las recientes variantes del coronavirus impiden una recuperación plena, y en definitiva mantienen latente el riesgo de rebrotes, lo que ensombrece los posibles escenarios de una recuperación económica definitiva.

Para enfrentar la crisis sanitaria, se decidió en prácticamente todas las naciones llevar a cabo una recesión planificada de la economía, es decir, un freno a la actividad económica a fin de limitar los contagios y con la expectativa de que el confinamiento masivo pudiera contener una propagación más profunda, en espera del desarrollo de las vacunas.

En particular, los países asiáticos tuvieron éxito relativo en  contener la expansión del virus, con base en medidas draconianas de confinamiento. En el otro extremo, países como Suecia apostaron por la llamada "inmunidad de rebaño", lamentablemente con muy poco éxito. Los primeros, los asiáticos, lograron contener la expansión masiva del coronavirus, pero no han evitado los rebrotes continuos, lo que con frecuencia lleva a que los trabajadores vuelvan a quedarse en casa, lo que particularmente es problemático en países manufactureros como China o Taiwán, cuyo papel resulta clave en la cadena de valor de productos finales y un sinnúmero de insumos estratégicos como los semiconductores. A eso se suman los problemas de suministro por la crisis de los contenedores, lo que traba toda la cadena de suministro. El encarecimiento del transporte marítimo y la aglomeración de buques en China, Estados Unidos y Europa, problematiza más la oferta de insumos y bienes finales.

Al calor de la pandemia, organismos económicos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional y aun el Banco Mundial, se sintonizaron con las medidas de Estados Unidos por emitir cheques de estímulo económico por Covid, lo que impulsó el ingreso de las familias estadounidenses, con un doble efecto: por un lado, en efecto contribuyen a reducir la pobreza y a enfrentar la crisis económico-sanitaria por el coronavirus, pero por otro lado, ha dotado de sobreabundancia de dólares al mercado, pues la emisión de efectivo se ha reflejado en una mayor capacidad de consumo, lo que detona la demanda agregada en un momento donde la oferta no parece poder seguir el ritmo de la demanda, con el consabido efecto: un repunte inflacionario.

A la par, el mercado bursátil también se ha inflado, registrando una formidable recuperación tras la caída de marzo del 2020, cuando el efecto Covid mermó los mercados financieros del mundo. Pero pronto, y especialmente las bolsas de Estados Unidos, repuntaron hasta alcanzar una y otra vez, niveles máximos históricos, pues la sobreoferta de dólares, en conjunto con la facilidad tecnológica de acceder a los mercados y la búsqueda por fuentes de protección e incremento patrimonial en un entorno incierto, han detonado el apetito por la inversión, y sobre todo, por la especulación (trading).

Las medidas tomadas por los Estados Unidos sin duda han sido populares (quizás en otro contexto geográfico hubiesen sido tachadas de "populistas"), pero sin duda, una expansión monetaria implica costos, pues el mayor conflicto se da en la falta de sincronía entre la necesidad de una recuperación de la economía y el empleo (la demanda), y la capacidad productiva para corresponder a esa masa monetaria (oferta). Y en efecto, el fantasma de la inflación se ha asomado ya por varios meses, amenazando los de por sí ya mermados ingresos de las clases populares, que son, siempre, las que más resienten el impacto de la inflación.

Países como México se han apresurado a subir las tasas de interés, apenas recortadas en abril del 2020. En poco más de un año, el repunte de la inflación, natural por lo demás ante una falta de oferta que se explica por la caída en la inversión y la reducción de capacidad instalada, bastó para que el Banco de México decidiera (no de forma unánime) subir un par de ocasiones la tasa de interés, lo que lejos de contribuir a la recuperación económica, la mina pues encarece el crédito y alienta la sed por los rendimientos en la inversión no productiva que proveen los bonos y sobre todo las acciones.

El panorama económico parece estarse perfilando hacia un momento de estanflación, es decir, de estancamiento con inflación, pues la oferta de bienes y servicios no puede recuperarse en unos meses, y menos aun con los cortos circuitos provocados por la crisis de los contenedores, así como la escases de semiconductores y por el encarecimiento del petróleo en el preludio del inverno en el hemisferio norte. La estanflación, ese escenario en el que el crecimiento económico resulta exiguo ante la gravedad de las caídas en la producción nacional de todos los países por la crisis económica-sanitaria, se empalma con las tendencias inflacionarias provocadas por el exceso de demanda de quienes, como en Estados Unidos han recibido estímulos extraordinarios, así como por la escasez de oferta que se deriva de la interrupción en las cadenas de suministro ante la falta de semiconductores y la crisis de los contenedores que amenaza con colapsar el comercio mundial en el corto plazo.

Las políticas económicas de los países no están (ni tendrían por qué estarlo en definitiva) sincronizadas, lo que es particularmente tortuoso cuando la discordancia se da entre socios comerciales; pues mientras unos países siguen buscando la recuperación, como Estados Unidos, en México el Banco Central conservadoramente se refugia en una política monetaria restrictiva. Ante el frío invierno, unos prefieren cubrirse la cabeza, pero otros prefieren mantener calientes los pies.

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