Adiós Bolívar Echeverría

La muerte del filósofo ecuatoriano Bolívar Vinicio Echeverría Andrade, no se puede soslayar. Sin duda alguna, ha sido quizá el principal aporte a la teoría crítica desde América Latina en la segunda mitad del siglo XX y lo que tenemos del actual. La formación erudita de Bolívar Echeverría le hacía ser un profesor extraordinario en todos los sentidos. Lo recuerdo bien, y me enorgullece además ese recuerdo, por haber estado presente en algunos de sus cursos. Miércoles a las 6 de la tarde, llegaba él a las 6 y diez minutos aproximadamente, intentaba pasar por medio de la nube humana que hacía casi impensable que tanta gente, la mayoría jóvenes y algunos ya entrados en madurez acumulada, pudiera caber en el aula 103. La de siempre.

Bolívar Echeverría pasaba entre la tácita valla que la admiración espontáneamente forzaba entre esos alumnos deseosos, la mayoría, por escucharlo durante más de una hora. Llegaba al asiento, lo ocupaba y discretamente cambiaba sus anteojos, colocando cuidadosamente los anteriores en su estuche. Apagaba con el mismo sigilo su celular y sacaba un pequeño cuaderno de pasta dura donde tenía las notas derivadas de la lectura aguda y brillante de su mente calada. Varias veces comenté con mi camarada y colega Edgar Acatitla: "lo que daría por leer directamente de ese cuadernito". Decenas de esuchas atendíamos, insisto la mayoría, con casi fervor cada una de sus palabras (fue casi insultante una vez escuchar a una "hija de papi" declarar, 'vengo a la clase de Bolívar para sentirme menos culpable por el dinero de mi familia'), debatiéndonos entre escucharlo simplemente y observarlo, o intentar rescatar en apuntes sus palabras generosas, maldiciendo el no saber taquigrafía; no pocos de plano llevaban sus grabadoras para registrar hasta los carraspeos del gran filósofo de la vida material, espiritual y política de nuestro continente. El ingente crítico de la modernidad.

Si antes guardaba con orgullo las notas obtenidas en sus cursos, jamás olvidaré sus garabatos en mi trabajo aquel que preparé con rigor inusual en estos mis últimos años como estudiante. Fue casi ritualista la forma en que debía trabajarse un trabajo ex professo, para ser leído por Bolívar Echeverría. Es imposible no reconocer mi deuda con él. Es imposible no reconocer su influencia en mi modestísimo trabajo, intentando rascar algo de su criticidad.

Sartre, Adorno, Benjamin, Heidegger, Sade, Horkheimer, Bloch, Gramsci y por supuesto Marx, no pueden ser leídos de la misma forma luego de un curso con Bolívar Echeverría. No se limitaba al mero recuento de las teorías; si bien llevaba sus notas, Echeverría es del tipo de profesor que siempre he admirdo, el que es incapaz, aun repitiendo las palabras, de dar una clase igual a otra, Echeverría era creador, cada una de sus clases era literalmente una conferencia, cada una era una obra en sí misma.

Tardes de tres semestres rigurosamente asistiendo cada miércoles, y otro semestre más de forma irregular; tardes calurosas o gélidas, viendo cómo las palabras de Echeverría encantaban a una generación de jóvenes impacientes por poder rebasar el plano de la impasibidad propia frente a la claridad casi quirúrgica de la filigrana tejida por la mente y el discurso de nuestro admiradísimo maestro que reclamaba una praxis, descanse en paz, Bolívar Echeverría.

Mucha de su obra puede consultarse en:
http://www.bolivare.unam.mx/

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