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"LA CRÍTICA NO HA QUITADO LAS FLORES IMAGINARIAS DE LAS CADENAS PARA QUE EL HOMBRE SOPORTE A ESTAS ÚLTIMAS SIN FANTASÍAS NI CONSUELO, SINO PARA QUE SE DESPOJE DE ELLAS Y RECOJA LA FLOR VIVA".

-Irving Zeitlin

19 de junio de 2010

¡Olé, olé olé oléeee, Andrés, Andréeees...!

El teatro Metropolitan lucía semi vacío a media hora de que comenzara el concierto de Andrés Calamaro, el segundo en esta capital; poco después de las nueve de la noche no cabía un alfiler, un público conformado esencialmente por jóvenes, coreaba el nombre del gran compositor argentino, quien pronto dispondría del escenario como quien está en su casa, deleitando como si él fuera el anfitrión, a un auditorio deseoso de escuchar sus canciones. Así fue, Calamaro no decepcionó.
Con una banda de dos guitarras (Julián Kanevsky y Diego García), bajo (Candy Caramelo), batería (José "Niño" Bruno) y un tecladista notable (Tito Dávila), Calamaro dio rienda suelta a sus expresiones. Desde "Los divinos", "Jumping Jack Flash" de los Rolling Stones, "Get up stand up" y "No woman no cry" de Bob Marley, las imprescindibles "El salmón", "Me envenenaste", "Los chicos" (cuyo coro hizo del Metropolitan un estadio de fútbol), "Paloma", los tangos "Volver" y "Los mareados", la reciente "Te extraño", me puso a bailar con "Tuyo siempre" y caló hondo cuando anunció la josealfrediana "Te solté la rienda", justamente aderezada con un brindis con caballitos ("ponys", dijo) de tequila entre los cinco acompañantes del Salmón y un asistente como representante del público.
Calamaro y su banda conformaron un repertorio que incluyó parte del nuevo disco, con lo mucho de sus clásicos, a las ya citadas súmense: "Alta suciedad", "Carnaval de Brasil", "Plaza Francia", "Mi gintonic", "Crímenes perfectos", "Mi enfermedad", "Te quiero igual" y para finalizar el ineluctable binomio "Flaca" y "Estadio Azteca"; aunque por supuesto como es normal entre los grandes, faltaron muchas.
Calamaro aprovechó parte del tiempo para agradecer al público que siempre estuvimos de pie (como se debe), para defender la tauromaquia, para beber tequila repetidamente, para cantar arrodillado y para recibir y regalar flores; en fin, Andrés Calamaro es un clásico de la música en español, con una enorme versatilidad y capacidad para inundar, sin parafernalia escenográfica ni recursos espectaculares ornamentales, un escenario que fue infinitamente suyo. Así, casi dos horas y media de concierto fueron gozosas entre un público febril pero entusiasta, que rindió culto a "lo argento" con casi fervor.

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