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-Irving Zeitlin

26 de mayo de 2010

Murió Gabriel Vargas


Miércoles 26 de mayo de 2010, p. 3
Periódico La Jornada

El historietista Gabriel Vargas, creador de la saga de La Familia Burrón, falleció este martes a las 7:31 de la mañana por causas naturales a los 95 años de edad.

Por más de 70 años narró las jocosas desavenencias y rencuentros de una familia de quinto patio que fueron a la vez una crónica intimista y cotidiana de un México popular, que una extraordinaria recopilación lingüística y una crítica social.

El humanista Alfonso Reyes expresó en su momento que Gabriel Vargas era el único historietista mexicano que merecía ocupar un sitio en la Academia de la Lengua: Él ha registrado como nadie los giros del habla popular. Y no sólo eso, sino que a partir de allí ha inventado frases que se han vuelto del dominio público.

Tal es uno de los recuerdos que, en el velatorio, comparte Guadalupe Appendini, la viuda de don Gabriel Vargas, a La Jornada.

Gabriel Vargas, evocó su viuda, siempre fue un caballero, un hombre muy serio, pero yo le decía que tenía la música por dentro, porque siempre estaba inventando personajes, palabras, frases. Era un hombre con carácter, que de joven era inquieto y simpático.

No obstante el reconocimiento que muchos le rendían, “fue un hombre muy sencillo; que lo que hacía en un día, mañana ya no le gustaba. Muchas veces comentaba: ‘por qué me hacen homenajes, si yo nada más trabajo, y ya’”.

Nacido en tierra de valientes

De acuerdo con Guadalupe López Zavala, asistente del maestro por más de 17 años, Gabriel Vargas nació el 5 de febrero de 1915 en Tulancingo, Hidalgo, como a él mismo le gustaba decir: Tierra de valientes, muy de a caballo, muy enamorados y muy matones.

El día del deceso, don Gabriel cumplía 34 años de matrimonio con Guadalupe Appendini. Un día antes le dijo a su compañera: Gracias, muchas gracias, te adoré toda mi vida.

Gabriel Vargas tenía cuatro años cuando llegó a la ciudad de México con su madre y sus 11 hermanos a vivir en un departamento en el número 50 de la calle de Moneda, en el Centro.

Desde pequeño se distinguió por su inteligencia y facultades para dibujar. Una muestra de ello, apuntó López Zavala, fue cuando estando en sexto año de primaria participó en el concurso del Día del Tráfico. “Gabriel realizó un trabajo sobre la Catedral Metropolitana; no lo hizo como lo ordenaban las bases, sino en un pliego completo de papel que medía un metro de alto por 80 centímetros de ancho, por dos y medio de largo, realizado en tinta china.

El dibujo estaba situado en la avenida Juárez, donde se apreciaban tiendas, anuncios publicitarios, puestos ambulantes, en fin, toda la actividad citadina. La ilustración tenía más de 2 mil figuras, todas realizadas con detalles propios de las multitudes.

El talento y el dibujo de don Gabriel, entonces de 13 años, dejó tan impresionados a sus profesores que lo llevaron a entrevistarse con el titular de Educación Pública, Alfonso Pruneda, quien le ofreció una beca para estudiar en Francia.

Al entusiasmado adolescente “le tramitaron el pasaporte, le compraron ropa adecuada; buscó información sobre París, pero ya próxima la fecha de la partida, abandonó el proyecto para no separarse de su madre y, en cambio, le dijo a Pruneda, que le diera una recomendación para entrar a trabajar al periódico Excélsior como dibujante”. En 1931 ingresó a ese diario como ilustrador, con un sueldo de tres pesos. A los 17 años lo hicieron jefe del departamento de dibujo, por eficiencia, no por escalafón como se acostumbraba en la cooperativa, apuntó Guadalupe López Zavala.

Aquel sería el comienzo de su creatividad. Su primera historieta sería La vida de Cristo, aunque duró poco, porque eran tiempos que estaba penado por la ley hacer dibujos o propaganda de índole religiosa. Seguirían Caballero Rojo, Frank Piernas Muertas, La vida de Pancho Villa, Sherlock Holmes, Virola y Pitola.

A mitad de los años 30 del siglo pasado, circulaba con exito la historieta Los supersabios, de Germán Butze. Parafraseando ese título, en 1938, Vargas creó Los superlocos. El personaje central era don Jilemón Metralla y Bomba. Un tipo común y corriente de clase media que llegó a ser diputado y que se la vivía asustando a la gente con la cantaleta de su apellido.

Esa historieta tuvo tal éxito que se llegaron a imprimir 500 mil ejemplares semanales.

Un hombre generoso

Durante mucho tiempo don Gabriel se dedicó a conocer la vida nocturna de la ciudad de México para vivir sus historias con personajes reales. Para enterarme de cómo era el movimiento. Necesitaba compenetrarme verdaderamente con el ambiente.

Su viuda recuerda: “Gabriel retrató nuestra forma de hablar y de ser. Aparte de trabajar mucho, en las noches se iba con un grupo de amigos a carpas, cafés, teatros, cantinas, cabarets. Le prestaban entonces una patrulla. En una ocasión había una señora que no bailaba, medio triste, y Gabriel le pregunto qué le pasaba; ella le respondió: ‘se me está muriendo un hijo’. ¿Dónde? En mi casa. Y sí ,era cierto. Gabriel lo llevó al hospital y pagó todo. Era un hombre muy generoso”.

La infinidad de vecindades en la ciudad de México, sus habitates, su trajín y cotidianidad, dieron a don Gabriel Vargas el material suficiente para su obra cumbre: La Familia Burrón, que comenzó a publicarse con el título de El señor Burrón o vida de perro.

A doña Borola la saqué de una familia que conocí cuando era niño. Tenía como seis o siete años y jugaba con su hijo. En esa casa el señor era un abogado chaparrito, bueno y noble, manejado por su esposa, de fuerte carácter, que era más alta que su marido, era altiva y orgullosa.

Hoy miércoles a las ocho de la mañana se oficiará una misa de cuerpo presente en la funeraria Gayosso, de Sullivan; a las 9 horas su cuerpo será cremado y sus cenizas serán depositadas en la Catedral Metropolitana.


COMENTARIO: No es una noticia económica o política, pero es significativa para mi. Leí durante años, mientras mi infancia pasaba entre un entorno casi dibujado por Gabriel Vargas, las historias de la Familia Burrón. Me llevó de la hilaridad al cuestionamiento, y sin falsas pretensiones sociologizantes, la creación de don Gabriel, de quien recuerdo una foto con mi madre al haber trabajado para la organización del coronel José García Valseca, repartía salpicadas aquí y allá, en torno a las ocurrencias de Borola o la adustez de Regino Tacuche, puntuales notas de una realidad social tan mexicana: la simulación, la fatua ostentación, el embuste, la corrupción, al unísono con la solidaridad, la fraternidad, la conmiseración.

Leí a la familia burrón durante años, en su edición regular, no en la edición empastada de Porrúa, la leí mientras me cortaban el cabello en la peluquería de barrio, en el metro, en los camiones de la ex ruta 100, atascados de gente y malolientes, y no dejo aún de reconocerme confundido a veces, entre la irónica realidad cotidiana de mi urbe, y las historietas simpatiquísimas que escribía Vargas.

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