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"LA CRÍTICA NO HA QUITADO LAS FLORES IMAGINARIAS DE LAS CADENAS PARA QUE EL HOMBRE SOPORTE A ESTAS ÚLTIMAS SIN FANTASÍAS NI CONSUELO, SINO PARA QUE SE DESPOJE DE ELLAS Y RECOJA LA FLOR VIVA".

-Irving Zeitlin

5 de marzo de 2010

Ejército criminal de reserva

Marx acuñó el concepto de "ejército industrial de reserva", para referirse a la masa del proletariado dispuesto a sumarse a las fuerzas productivas en el capitalismo, desprovistas de empleo y susceptibles a abaratar, en tanto que oferta de trabajo, el precio del mismo o salario. De acuerdo con Marx, una masa de desempleados presionarían a la baja el costo salarial para el capital, con base en una disposición de desempleados que trabajarían por menos retribución. En el capitalismo nadie es imprescindible, bien debiéramos saberlo; desde los obreros descalificados, a los calificados; desde los empleados de cargos medios y medios altos, hasta los altos directivos, todos quienes tengan la posición en la estructura económica de desposeídos de medios de producción, y que deben enajenar su fuerza de trabajo entran en esta condición. Si nadie es imprescindible, para el capital es fácil sustituir una "pieza laboral" por otra, incluso con argucias modernas como la edad, la condición racial, las características físicas o los gustos personales en el arreglo. "Yo lo hago por menos" es la disposición que hace que ese ejército industrial de reserva permita mermar el salario, a cambio de una mayor tasa de explotación.
Empero, capitalismos fracasados como el mexicano brindan peculiaridades interesantes al análisis del mercado laboral, con francas implicaciones para el entorno social. El relato tradicional sostiene que quien se prepara arduamente y adquiere las habilidades suficientes para desempeñarse eficazmente en el medio laboral (como técnico, como profesionista) podrá ascender ya que la movilidad social es posible. La idea de progreso personal, de futuro, se sostiene en el argumento de que es posible dotarse de los medios suficientes para acometer los fines que la misma sociedad define [Merton]. Así, pues, sólo el indolente, el disperso o el mediocre es responsable de su propio fracaso. "La mesa está puesta para todos".
Este discurso goza de buena aceptación en el escalón medio de la sociedad, que dota de brazos y cerebros a la economía que mueve a los países, tanto en las áreas productivas o de servicios, se supone que el hijo del campesino y del obrero es capaz de llegar arriba, de "ser alguien" a partir de su esfuerzo y dedicación. "Estudia duro", "sacrifica el ocio", "ponte la camiseta", son una serie de clichés bien afianzados en la vida cotidiana que, si bien revelan una dosis de verdad, esconden otra bastante de mentira.
El México contemporáneo atraviesa una crisis de proporciones mayúsculas, es escalofriante la forma en que se pretende frenar al crimen organizado, ese mismo que creció y se encumbró en los niveles más altos del poder, justo al amparo del mismo. El fenómeno de la economía criminal, que va desde el narcotráfico, la informalidad, la prostitución y trata de personas, hasta la piratería, es producto de una economía que no ha crecido suficientemente, es producto de un país que no ha dado los medios a su población para la movilidad social ascendente.
El fracaso político se manifiesta, pues, a la luz del fracaso económico, y lo explica al ser incapaz de cumplir con las tareas fundamentales del Estado, a saber: garantizar la seguridad y el bienestar de su población.
La Constitución garantiza, en su artículo 25, que todo mexicano tiene derecho al trabajo y satisfacer sus necesidades materiales, el empleo debe contar con el poder adquisitivo suficiente para darle una vida digna a cada trabajador. A todas luces se incumple, como la mayoría aplastante de otros artículos violados.
Esa crisis múltiple, que es no sólo política sino social, que tampoco es sólo económica sino moral, da aliento al crecimiento como la espuma de una serie de actividades delincuenciales, criminales. Atendiendo en particular al narcotráfico, considérese lo siguiente. Hoy en día, estamos en tal grado de necesidad, que cínicamente se encumbra en el imaginario colectivo la figura de narcotraficantes, tan populares como los narco-corridos que inspiran con sus "hazañas". El héroe contemporáneo en México no es más el policía, el bombero, el médico. El sujeto admirado socialmente, en muchos casos, es el que burla a la ley, el que "toma atajos", el que consigue los fines sin distingo de los medios; hay quien aun justifica socarronamente a altos funcionarios que obtuvieron su puesto "haiga sido como haiga sido (sic)".
Si el narcotraficante suple (con basta suficiencia) al gobernante, llevando infraestructura, obra pública, una iglesia, una escuela, la fiesta del pueblo, la cantina donde trabajarán las hijas del pueblo, los narcolaboratorios o las rutas de distribución que harán ganar dinero pronto y a manos llenas a los jóvenes que no encuentran un futuro en los canales legítimos, esos son los que encubren al narco.
Con años de esfuerzo un jóven puede obtener 3 ó 4 salarios mínimos, pocos son los afortunados que "se cuelan" a las grandes ligas de salarios cuantiosos. Un joven, como sicario, por un "ajuste de cuentas" puede obtener una camioneta, un auto deportivo, dinero en efectivo y el pequeño veneno revestido de "poder". Probablemente pronto será víctima de esa industria del crimen, pero ya disfrutó en 1, 2 ó 3 años lo que quizá nunca podría gozar en una vida de trabajo disciplinado y mal pagado. Ese es el "ejército criminal de reserva" que tenemos; ante los "nuevos" seis millones de pobres que descienden en la escala social y los más de ocho millones de jóvenes que ni trabajan ni estudian, el panorama no puede ser más desolador.
Por eso mismo, una guerra frontal contra el narcotráfico que descuida la base social, evade la erradicación de fondo del problema. Corta la cabeza de un narco y salen dos o tres disputándose sus territorios. El México de esperanza se fue, se diluyó en las corruptelas sistemáticas de un partido que sistematizó la mentira, el hurto y el ejercicio del poder como exacción.
¿Cuándo se hecho a perder este país? Es una pregunta ociosa, pero que da sentido a reconocer que hoy en día estamos de cara ante una problemática de alcances incuantificables, y que nadie puede dimensionar a excatitud en la magnitud de su estallido o estallidos. No se trata de ser agorero o apologista del crimen, sólo es necesario reconocer las fallas graves en un sistema institucional fallido, con la mezquindad rampante, carente de líderes con altura de miras y talla moral, y por ende sin perspectiva de futuro.

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