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"LA CRÍTICA NO HA QUITADO LAS FLORES IMAGINARIAS DE LAS CADENAS PARA QUE EL HOMBRE SOPORTE A ESTAS ÚLTIMAS SIN FANTASÍAS NI CONSUELO, SINO PARA QUE SE DESPOJE DE ELLAS Y RECOJA LA FLOR VIVA".

-Irving Zeitlin

6 de enero de 2010

Homofobia e hipocresía

Nuestra sociedad está lentamente sintonizándose a los ritmos de los tiempos actuales; esta modernidad que por un lado exige una serie de acatamientos mercantilizados y cosificantes, pero que al mismo tiempo, permite un mayor reconocimiento a una realidad abstracta largamente acariciada: la igualdad. Recientemente, en el Distrito Federal, como la ciudad que tanto avanza en ciertos sentidos como los derechos humanos, pero que tan lamentablemente se estanca y retrocede en otros igualmente torales como la calidad de vida en lo cotidiano (servicios, empleo, seguridad) ha legalizado las uniones matrimoniales entre personas del mismo sexo, con la posibilidad de que estas parejas puedan adoptar.
Esta decisión ha causado una irritación peculiar en la derecha; tanto la derecha política representada por el PAN, como la derecha ideológica centrada en la iglesia católica, han lanzado diatribas en contra de los asambleístas perredistas que votaron mayoritatiamente en favor del reconocimiento de que si todas las personas somos iguales, debemos tener, sin restricción, los mismos derechos, sin limitación alguna. Con independencia de nuestras posiciones políticas, religiosas, morales o sexuales, todas las personas podemos (y debemos) participar de las opciones culturales, políticas, morales y legales que nuestra sociedad ha institucionalizado. Negarles el derecho a casarse o a adoptar equivale a negarle estos derechos a una persona por el simple hecho de ser ateo, de izquierda, apolítico o carente de instrucción educativa.
Llama la atención el caso de la iglesia, una organizacion que desde antugüo se ha opuesto a todas las ideas de avanzada; por definición, su carácter conservador le implica defenser a ultranza todo aquello que está dictado en el statu quo. Si por la iglesia fuera, México seguiría siendo colonia de la corona española, o de cualquier otra potencia europea de control anacrónico monárquico. Si por la iglesia fuera, Porfirio Díaz debió haberse reelegido hasta la muerte, y su modelo perpetuarse "por los siglos de los siglos"; si por la iglesia fuera, el machismo nunca debiera debilitarse, las mujeres deberían ser sólo un instrumento para la reproducción, y con la sospecha perenne de encarnar al pecado. La iglesia se ha opuesto a todo lo que implica mayor libertad, mayor conocimiento, mayor responsabilidad del sujeto, porque todo esto debilita el acatamiento, el miedo, la sumisión y el lucrativísimo negocio de la industria del perdón que casi monopoliza en nuestro atrasado país.
Es curioso el carácter homofóbico de la iglesia, que es núcleo de homosexuales reprimidos, de sujetos que se nmiegan en su orientación sexual y se refugian falsamente en los hábitos. Curas y monjas homosexuales hay en vasta cuantía. Muchos de ellos incurren en prácticas aberrantes como la violación de menores, como cada vez más se ventila en los múltiples casos de pederastia revelados en México y varias partes del mundo. Justamente, Norberto Rivera ha sido llevado a cortes estadounidenses por la protección a pederastas.
En otra incongruencia, la iglesia siempre ha negado la validez de las uniones matrimoniales civiles; una pareja casada por lo civil mas no por la iglesia no puede participar de sus ceremonias, y técnicamente "vive en pecado". Si esto es así, según ellos, ¿en qué afecta que las parejas homosexuales se casen por lo civil? Hasta donde entiendo, nadie puede obligar a la iglesia a oficiar ceremonias matrimoniales homosexuales.
Toda esta homofobia está mezclada con una profunda hipocresía. Los polos más conservadores suelen esconder aberraciones morales que se enmascaran con una aferrada pero falsa, rectitud. Hay que cuidarse más de los "macarras de la moral", como diría Serrat, que de quienes con toda franqueza se muestran como son.
Para finalizar, un apunte breve sobre un sujeto que equivocadamente tiene un micrófono y una cámara de televisión frente a sí; el señor Esteban Arce conduce una parodia de noticiero en la que ha denostado la homosexualidad como "demencia animal" y derivación de "mucha droga" (sic). Este sujeto, empleado de una empresa donde un porcentaje considerable de los trabajadores es legítimamente jomosexual, no sólo es un homófobo irracional e ignorante, sino que se atreve con frecuencia a hablar de ciencia o de política; claro, en los contornos de su estrecha mentalidad. La calidad de sus ideas está revelada cotidianamente entre la chunga y la diatriba. Pero no debe extrañarnos esto, viniendo de la industria de la ignorancia y la estulticia popular: Televisa. Hacer televisión para jodidos, ha degenerado al extremo ahora connotado, de las imbéciles opiniones del señor Arce. Esperemos que la crítica mayoritaria invite a los televidentes a no ser más, telecreyentes; la primer acción liberadora está en apagar el televisor.






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