Bienvenido

Esta bitácora tiene como objetivo compartir algunas ideas, noticias y datos que considero interesantes en conexión con el ámbito económico, social y político.
Son bienvenidos todo tipo de comentarios, críticas y sugerencias para mejorar este espacio.
Toda expresión la emito bajo mi entera responsabilidad y en nada compromete a las organizaciones o personas con las que estoy ligado.
"LA CRÍTICA NO HA QUITADO LAS FLORES IMAGINARIAS DE LAS CADENAS PARA QUE EL HOMBRE SOPORTE A ESTAS ÚLTIMAS SIN FANTASÍAS NI CONSUELO, SINO PARA QUE SE DESPOJE DE ELLAS Y RECOJA LA FLOR VIVA".

-Irving Zeitlin

23 de septiembre de 2009

Democratizar el mercado: 1. El consumo

Durante mucho tiempo he manifestado mi inconformidad con respecto al control que ejercen las grandes marcas comerciales sobre el consumidor, así como el poder que ejercen las empresas más poderosas sobre la vida económica, política, social y cultural (incluida la ideológica) de México, aunque la tendencia es, por supuesto, universal. En este ejercicio, intentaré fundamentar que hay alternativas posibles de transformación ante esa condición, y que paulatinamente pueden ser democratizadoras, ya que la democracia implica libertad frente al autoritarismo de las estructuras que dictan una forma de comportamiento o de elección, sea un regimen político o las pautas del consumo.
El consumo, en la sociedad capitalista, forma parte de una forma de vida distinta al consumo humano en cualquier otra forma de organización social. En el capitalismo, el consumo no representa solamente la satisfacción de necesidades reales, sino que da lugar a la fabricación de "falsas necesidades", como las denommina el marxismo. Estas necesidades espurias, significan, empero, status social.
Aquí un concepto central es el de "fetichismo", en la acepción que le dio Marx, como fetichismo de la mercancía, esto es, un poderío que ejerce un objeto (mercancía cualquiera) sobre el sujeto, quien se subsume ante dicho objeto. La razón de eso se relaciona con la idolatría a la que se somete el sujeto frente a algo externo que él mismo ha creado. Así, por ejemplo, en el fetichismo religioso, el hombre se somete ante un ídolo, un ente supraterreno que tiene propiedades mágicas, curativas, poderes más allá de lo humano. ¿Por qué hace esto? Sencillamente, es producto de un temor primigenio en el cual el sujeto no tiene la figura de protección, y así, desvalido frente a la naturaleza agreste, se inventa un padre, es más toda un familia en las religiones politeístas, donde además del gran patriarca, a imagen y semejanza de los colectivos, se proyectan las propiedades de la madre y las intrigas del resto de "la familia".
Esto es aun hoy una práctica en las comunidades más atrasadas como México, pero por igual se da en civilizaciones avanzadas como Europa o Estados Unidos. Lo que conviene poner de relieve, es que este sujeto ha ido modificando sus adhesiones; de creencias politeístas ha adoptado la mayoritaria creencia monoteísta que fue impuesta violentamente por el convenio político logrado en el siglo IV, D.C.
En el caso del fetichismo sexual, el sujeto subsumido no alcanza la satisfacción sexual por un sentimiento o emoción, ni acaso por las propiedades (belleza, seducción) de la pareja, sino por la portación de ciertos objetos "mágicos": las zapatilals de tacón alto, las medias, el liguero, etcétera. No es una respuesta sexual común, sino que queda condicionada a ese objeto particular.
Por lo que atañe a nuestro análisis, el fetichismo de la mercancía se produce en la sociedad específicamente capitalista, y es respuesta a la enajenación del sujeto ante su trabajo. El productor libre, identificado con su producto, se convierte por la separación del productor y su trabajo, de los medios de producción, que son detentados por el capitalista. Frente a esa enajenación, en la mercancía ve reflejado, al final, el producto de un trabajo abstracto, que no parece emanado de él, sino de una fuente externa. Por ende, al concurrir al mercado, no puede sino fascinarse por las cualidades exaltadas ad nauseaum, por una industria otrora inexistente: la publicidad.
Las empresas dedicadas a promover los productos, no sólo machacan sus cualidades, sino que les confieren paulatinamente propiedades mágicas que de ordinario nadie puede creerse, y que, sin embargo, logran irse introyectando en el subconciente a golpe de repeticiones. Al irle mintiendo a la mente del sujeto sistemáticamente, el sujeto va aceptando la idea de que si bien, al usar un par de zapatos tenis no "volará suspendiéndose en el aire" como basquetbolista negro, sí será notoria su presencia por que porta justamente "los tenis del comercial". Su presencia humana sin esos zapatos no importa, lo que importa es que los porta.
Para ser justos, ya Veblen en su Teoría de la Clase Ociosa [FCE, 1974], había destacado en estudios antropológicos y sociológicos, la seducción que producen los ornamentos sobre las clases desembarazadas del trabajo farragoso. Así, pues, monarcas, militares o sacerdotes, no trabajan justamente porque son admirados por quienes no poseen esos ornamentos (oro, brillantes, castillos, conocimientos, etcétera) y lo que buscan es, no derrotarlos políticamente como sugería Marx, sino emularlos y convertirse en uno de esa clase ociosa.
El fetichismo de la mercancía se atiza, empero, en una clase peculiar de mercancía, aquella que permite el acceso a todas las demás: el dinero. Ahí, alcanza su forma más fetichista y enajenada, porque "poderoso caballero es don dinero", y quien lo tiene puede comprar lo necesario y más, incluso, en sociedades descompuestas como la mexicana, la dignidad, el honor, la lealtad, o sino el amor, sí la compañía.
Max Weber, en su Ética protestante y el espíritu del capitalismo [FCE, 2000], subraya cómo, en el capitalismo, el goce no está en la mercancía, en el vino, el alimento, el viaje, el goce está en la acumulación de dinero, dispuesto como capital, esto es, como valor valorizándose.
Así, pues, muchas son las presiones sociales, ideológicas, económicas y culturales para que consumamos obsesivamente mercancías, objetos que hipotéticamente minen las inseguridades de un sujeto desvalido de origen porque su identidad es difusa; si no importa por lo que es, sino por lo que tiene, ese sujeto arrastra un sentimiento de minusvalía que refuerza viciosamente la "necesidad" de acumular más objetos [Cfr. Erich Fromm: El miedo a la libertad, Paidós, 1947]. Creyénose inferior al que posee, el sujeto debilitado engrosa las filas de los esclavos del dinero y del consumo, afianzándo la práctica fetichizada de que "comprar es bueno".
Una forma de ir democratizando al mercado, parte del consumo, de despojarnos de la alienación que nos impone un consumo ciego, y transformarlo por un consumo consciente, libre, e incluso rebelde. Sin libertad no hay democracia.
Un consumo alternativo pone en jaque al sistema, como ha ocurrido en muchos momentos por ejemplo, en corrientes contraculturales que varían las pautas de la música o el vestido. Ahora se da el caso de los productos orgánicos o "amables con el medio ambiente".
El mercado asimila esos movimientos contraculturales y los hace suyos, medrando su poder revolucionario y disidente. Pueden comprarse ya playeras con la imagen del Ché Guevara en los aparadores de las tiendas más pedantes de la Zona Rosa.
Pero puede írsele ganando terreno a la colonización sistémica, distinguiéndo lo necesario de lo innecesario, lo central de lo superfluo, y sobre todo, valorando al sujeto, siempre, sobre el objeto.
Sólo a medida que se vaya oponiendo una resistencia frente a las imposiciones colonizadoras del sistema, en este caso económico, a través de las empresas y sus productos sobrevalorados, se podrá ir ganando terreno, o desde la actitud rebelde-consciente, simplemente no colaborar con el sistema.

Fetichismo financiero y falencias institucionales

12 de septiembre de 2009

De ineptitud e irresponsabilidad económica

Recientemente, Felipe Calderón anunció diez puntos con los cuáles, según él, habría de darse un cambio "de fondo" en el país. Entre ellos, puso en primer término el combate a la pobreza. Posteriormente, el 8 de septiembre, al momento de enviar el paquete económico para el 2010, Agustín Carstens anunció una serie de medidas que han resultado sumamente polémicas por que, de facto, representan un aumento indiscutible de impuestos.
Se proyecta el aumento de tasa cero a una tasa de 2% a alimentos y medicinas, así como un incremento en el ISR de hasta 30%; esto es obviamente, un incremento de impuestos. El problema es que serán impuestos que hemos de pagar los contribuyentes cautivos, esto es, los pocos (diez millones) que pagamos impuestos por todos (más de cien millones); entre trabajadores independientes, asalariados y las pequeñas y medianas empresas. Por ende, este incremento fiscal, será un golpe asestado contra una parte muy limitada de la población, la que se halla indefensa ante el embate de Hacienda.
En estas iniciativas, se anunció igualmente un recorte al gasto público en rubros tan delicados como la educación, justo cuando las carencias del sistema educativo y su insuficiencia se revelan a niveles grotescos.
Además, se desaparecen tres secretarías de Estado como Turismo, Función Pública y Reforma Agraria; mismas que, si bien nunca fueron plenamente necesarias y su funcionamiento ha resultado fútil, aumentará el desempleo entre trabajadores de confianza que aun laboran y que son quienes resultan más productivos, ya que aquellos trabajadores de base, serán trasladados a otras dependencias, y generalmente son burócratas poco eficientes y con un compromiso con el servicio público frágil por no decir inexistente.
Por último, se incrementa el precio de ciertos bienes como tabacos, bebidas alcohólicas y telecomunicaciones.
El argumento con que se ha pretendido justificar esta decisión errónea, ha sido el de "tapar el boquete fiscal", abierto por la caída de los precios petroleros que ha puesto en jaque el presupuesto de este año, en medio de una crisis profunda que ha exigido un aumento excepcional del gasto.
Para tapar ese boquete, producto de la impericia en las deciciones y proyecciones del gobierno federal, además ha habido un chantaje bajo la idea de que este golpe a la menguada clase media, servirá para "ayudar a los pobres". La pregunta es, ¿realmente quiere el gobierno acabar con los pobres?, ¿tiene la decisión de minar a su base cautiva de votantes, dependientes de las migajas de ayuda con las cuáles mantiene en estado de latencia a gruesas capas de pobres, las que se han engrosado con los gobiernos panistas? Obviamente no hay la decisión de abatir la pobreza, sino de ensanchar la base de votates para el partido oficial.
Estas medidas son, a todas luces, contraproducentes. Se trata de medidas procícliclas, es decir, recesivas en medio de una crisis profunda y de la cual no hay asomo de superar en el mediano plazo. Agravarán la parálisis económica ya que merma el ingreso disponible para el consumo, lo que evitará la recuperación del mercado interno, alimentando la vocación hacia la informalidad; asimismo, evitará la inversión ya que grava no a la riqueza, sino al capital, lo que lastima al pequeño y mediano empresario, en tanto que no ataca la evasión legal de las grandes corporaciones, evasión que es consentida por las autoridades federales, gracias a componendas políticas.
Ello se traducirá en una crisis de empleo, ya que sin inversión el empleo no se recupera. Por lo que el clima social se agrava, en un contexto tan crítico como el presente, en el que la crisis se extiende a todas las áreas de la vida social y privada.
Por si fuera poco, animará presiones inflacionarias, ya que el aumento de impuestos suele ser diferido desde el productor al consumidor final, quien no tiene a quien trasladar el costo. Un incremento inflacionario rompería los esfuerzos tan rígidos por combatir la inflación, que hemos vivido las últimas dos décadas. El desbordamiento de los precios, será el corolario que desnude la insensatez de este paquete económico.
El paquete económico, responde a las directrices ortodoxas, siguiendo las recetas clásicas del Fondo Monetario Internacional en boga antes de la crisis, ya que la misma, ha evidenciado que son contraproducentes. Carstens hace gala de su dogmatismo, y Calderón de su ignorancia y torvedad al endilgar el costo de la crisis y los errores gubernamentales a una población castigada por la crisis que no provocó.
Llama la atención que académicos, calificadoras financieras, consultoras, sindicatos, agrupaciones campesinas, y por increíble que parezca, las cámaras empresariales más poderosas, han mostrado su desacuerdo con este paquete. Se ha configurado una coincidencia atípica entre sectores, muchas veces antagónicos, en contra de esta iniciativa.
Cabría esperar que fuera frenada en el Congreso, pero por desgracia ya actores políticos priístas de alto nivel, se han reunido con las autoridades federales y específicamente hacendarias para discutir la aprobación del paquete económico. La historia reciente sugiere que cuando panistas y priístas se reúnen "en lo oscurito", el país pierde y la población en general asume el costo de las crisis. Malas noticias, inocultables aun cuando se quiera distraernos con farsas como los "aerosecuestros".

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