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"LA CRÍTICA NO HA QUITADO LAS FLORES IMAGINARIAS DE LAS CADENAS PARA QUE EL HOMBRE SOPORTE A ESTAS ÚLTIMAS SIN FANTASÍAS NI CONSUELO, SINO PARA QUE SE DESPOJE DE ELLAS Y RECOJA LA FLOR VIVA".

-Irving Zeitlin

1 de junio de 2009

¿Votar o no votar?

Todo ciudadano mexicano ha experimentado en algún momento de su vida la disyuntiva entre votar o no hacerlo. Definitivamente me decanto por hacerlo. Entiendo que las opciones no siempre son interesantes ni atractivas, por no decir que provocan el desinterés y muchas veces hasta la repulsión de los votantes, pero sostengo que es preferible votar a no hacerlo.
En el marco específico de las elecciones que están por llevarse a cabo en el próximo 5 de julio, entiendo que a mucha gente no le den ganas de asistir a las urnas. Pero definitivamente, habrá que entender que de no asistir, no se manifiesta tanto el rechazo sino la abulia y un "colaboracionismo" con el régimen, no de obra o pensamiento, sino "por omisión".
El rechazo a las campañas se origina al ser enarboladas por partidos políticos que tienen una larguísima cola que pisarles, así como por candidatos, o bien desconocidos, sin arraigo popular ni trayectoria política, o bien, la otra cara de la moneda, viejos y corruptos personajes tan reciclados a lo largo de los múltiples partidos, que no despiertan la simpatía o la credibilidad ni de sus familiares más cercanos.
Pero votar no sólo es un derecho, es también una obligación ciudadana, y aunque dentro de los marcos de la incipiente y estrechísima democracia (quizá debiéramos hablar de una proto-democracia) mexicana, en su expresión más insípida pero factible, la procedimental (asistir a las urnas, cumplir con el procedimiento), asistir a votar es una manifestación de participar en el mecanismo formal que se ha instaurado por las organizaciones político-electorales y que dan fundamento a la cimentación de los poderes ejecutivo y legislativo.
De tal suerte, no votar no es la voz del rechazo a este sistema, sino más bien la de la abulia, la apatía, la dejadez y el abandono a la participación; es el decir, "yo no juego". Y aunque el juego no nos inspire casi nada, de no participar en el mismo, seguiremos padeciendo el efecto de políticas que castigan la calidad de vida de nosotrs y las generaciones que nos suceden.
La otra opción es votar, pero con dos vertientes posibles a su vez; una, la clásica de cruzar el emblema de un partido o coalición que nos resulte más conveniente por razones como la convicción del programa político, alguna oferta electoral específica, las pulsiones de la ideología o la moral, e incluso, en nuestro atrasado México, porque se recibió a cambio del voto una bicicleta, una despensa, un costal de cemento, una gorra o un sin fin de objetos o espectáculos nimios; aunque esta última motivación del voto me resulte nauseabunda.
Pero hay momentos como el actual, en los que la oferta política es rayana en lo abyecto, miserables candidatos, que no hacen creíble lo variado y contradictorio de sus superficiales promesas. El pueblo, de a poquito, parecía en 2006 ir dejando de creer en sus promesas de cambios maravillosos "en 15 minutos". El fraude asestó un golpe fortísimo al entusiasmo y la voluntad democrática que comenzaba a despertarse con la expectativa de un cambio.
Ha destacado una propuesta en los tiempos recientes, que se ha ligado marcadamente con un investigador a quien respeto y admiro, atendiéndolo en sus diferentes manifestaciones mediáticas como lo es el politólogo José Antonio Crespo. Él ha sostenido, junto con otros intelectuales y miembros de la sociedad civil "anónima", la idea de anular el voto, esto es, asistir a la urna pero anular el voto, cruzando la boleta entera, lo que se presta a la confusión del voto en blanco, que de hacerlo literalmente, es caldo de cultivo para las trapacerías más sucias como las vivídas en múltiples episodios electorales, el más cercano, el de 2006, en que se añadieron esos votos en blanco al candidato oficial. Esta propuesta de los "anulacionistas", se entiende como un rechazo al sistema, un mensaje a los organismos electorales y los partidos políticos de que no despiertan la credibilidad, interés ni entusiasmo de la gente. La idea es atendible y además, moralmente la comparto. Se pretende, entre otras cosas --dado lo heterogéneo de la composición de este bloque en que lo mismo hay gente decente como Crespo, que políticos resentidos por quedar fuera de la jugada como Dulce Sauri, o bien, los personeros del rencor televisivo ante la reforma electoral--, que los partidos entiendan el reclamo social y modifiquen el marco legal electoral para dar cabida a la "sociedad civil".
Pero el problema es ése y no resulta menor, ¿quién es la sociedad civil?, ¿los intelectuales?, ¿los jóvenes decepcionados de una política que les abofeteó su entusiasmo participativo en 2000, 2003 y 2006?, ¿los otros "jóvenes" que sostienen páginas en internet para promover la anulación?, ¿los "anulados" de las listas de plurinominales?, ¿los chayoteros mediáticos que defienden, al mejor postor, cualquier iniciativa que sea espectacular y reclame su amarillismo? ¿Quién es la sociedad civil?
Considero que es inútil apelar al "suicidio" político de la llamada partidocracia, en un sistema caracterizado por el control centrado en una élite de buro-cleptócratas al frente del IFE o de las cúpulas de los partidos. Con que voten las bases de los partidos (voto "duro"), o simplemente una minoría tan pequeña que deslegitime el proceso, estas élites se encerrarán en los argumentos legaloides, y sacudiéndose el barro de la ilegitimidad, cínicamente se arroparán en las vestiduras de la legalidad formalista a ultranza como sucedió en 2006. En este canal, gana quien posea mayor voto duro, y habrá que reflexionar sobre los aparatos que controlan los gobernadores, y asimismo, el control federal sobre los programas asistencialistas.
En mi opinión, y respetando la alternativa legítima de la anulación, parto de que por no tener ni por asomo, una democracia confiable, institucionalizada, firme o madura, debemos avanzar paulatinamente a ella, con base en la participación y la exigencia popular manifestada a través del voto (sea por alguien o por nadie), como uno solo de los varios instrumentos que deben ejercerse en una verdadera democracia.
Así, considero que votar es indispensable y que en este sentido constructivo, debe elegirse una posición, aunque sea mordiéndose el puño por las dudas y los resquemores de avalar a un partido o de anularlo. Particularmente, bajo esta coyuntura y a fin de que no prevalezca el voto duro, me declaro a favor de votar y elegir una opción, a pesar de que, en lo personal, éstas se alejen de mis ideales políticos y morales más acérrimos. Sencillamente, se juegan cosas importantísimas como el presupuesto a la educación para el siguiente año (con la amenaza de mermarlo a la UNAM), y los dos que vienen, las pretensiones federales de subir impuestos y gravar alimentos y medicinas, encarecer los servicios como gasolinas y servicios, lastimar todavía más los derechos laborales en aras de una supuesta "flexibilización", afianzar a mafias como la que controla Elba Esther Gordillo, así como una larga serie de iniciativas que, de no contenerse a través de una nueva correlación de fuerzas política en el Congreso, caminarían en sentido contrario de lo que, en mi juicio, beneficiaría al país, como una revolución educativa de gran alcance, el desarrollo científico-tecnológico con base en el aprendizaje y la innovación, la redistribución del ingreso en un sentido progresivo, la recuperación del mercado interno y la elevación de la competitividad internacional, etcétera.
Como sujeto que no solo vota, sino que aspira a vivir a la izquierda, encuentro cotidianos ejemplos que me desaniman sobre la conducción que de esta posición, dan en México los partidos políticos que se dicen de izquierda. Sobre la derecha, simplemente considero que sigue en su papel, es derecha y por definición se opone a un cambio en favor de todos, y al que dude, que vaya a la historia. Enganchados en la maraña de intrigas y mentiras que les ha tejido el ciudadano español ligado a la derecha franquista, Antonio Solá, los personeros de la derecha mexicana, en voz de sus cabezas más visibles (el líder del partido y el que habita en los Pinos), continúan contaminando el ambiente social con su mendacidad torva.
El centro me parece una abstracción oportunista y comodina y jamás he creído que pueda haber realmente una posición "de centro", como la expone ahora el PRI, a pesar de que mercadotécnicamente nos quiera vender su "nueva imagen, mismo sabor". Pero un desarrollo sobre las posiciones en política lo dejo para un futuro cercano en que lo publique.
Para finalizar, una propuesta, ya que pesa en estos momentos más el desgano que el entusiasmo sobre las elecciones, podría ser conveniente instrumentar la posibilidad de que tengamos dos votos al momento de enfrentarnos a la boleta, un voto positivo y otro negativo, en el que se pueda manifestar más contundentemente nuestra adhesión, simpatía o apego a un partido o coalición, pero explícitamente, la alternativa de votar negativamente, de castigar a otra posición partidista. Las bien conocidas señales de la "palomita" y el "tache", ayudarían a que nuestras posiciones se reflejaran en la urna. Así, habría mayores estímulos para asistir a votar, ya que de no haber (como ahora) candidatos que convenzan o despierten ilusiones, el incentivo sería ir a castigar de forma clara y formal. La regla sería simple, la obligación de ejercer un voto positivo y otro negativo, ambos en un mismo sentido se anularían.
Dejo la propuesta, que como muchas otras, entiendo que se tendrán que reservar a los contornos de mi mente y mi desilusión creciente por el país.

1 comentario:

  1. Pues estamos en un momento crítico, ya sea que el desencanto por la "democracia" haga anular el voto, o hacerlo a pesar de la conciencia de que no son representantes auténticos, es un hecho que el esquema de participación ciudadana frente al sistema de partidos debiera replantearse. Veremos.
    Gracias por tu comentario.

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