Bienvenido

Esta bitácora tiene como objetivo compartir algunas ideas, noticias y datos que considero interesantes en conexión con el ámbito económico, social y político.
Son bienvenidos todo tipo de comentarios, críticas y sugerencias para mejorar este espacio.
Toda expresión la emito bajo mi entera responsabilidad y en nada compromete a las organizaciones o personas con las que estoy ligado.
"LA CRÍTICA NO HA QUITADO LAS FLORES IMAGINARIAS DE LAS CADENAS PARA QUE EL HOMBRE SOPORTE A ESTAS ÚLTIMAS SIN FANTASÍAS NI CONSUELO, SINO PARA QUE SE DESPOJE DE ELLAS Y RECOJA LA FLOR VIVA".

-Irving Zeitlin

10 de junio de 2009

Ética y política

Ética y política

Mario Humberto Hernández López


¡Qué responsabilidad!

El animal que más nos cuesta

y el que menos se puede conservar.

Nicolás Guillén, «La estrella polar»


Vivimos tiempos adversos para la humanidad entera, pero de manera inmediata para México. Ya la crisis netamente material (económica, ecológica) ofrece perspectivas poco alentadoras cuando se aprecia el grado de devastación ambiental y la escasez de recursos venidera en los próximos años. Eso bastaría simplemente para iniciar ya una reflexión ética pero también política, ya que de alguna forma evidencia el fracaso de ésta última.

Ante un panorama tan desagradable como el actual, con una crisis múltiple —a la crisis material hay que añadir la crisis de sentido, social, moral y notoriamente política— vale preguntar acaso: ¿qué sentido tiene la política si no responde a los requerimientos efectivos del pueblo?, e igualmente, ¿para qué aprovechamiento se destinan los recursos económicos, mientras millones de mexicanos continúan viviendo en la miseria y la ignorancia? Estas preguntas, tan poco originales, no carecen de significado, empero, para un país que aún en el siglo XXI ha venido manteniendo y exacerbando la desigualdad: los ricos cada vez son más ricos, aunque haya menos ricos como al porcentaje de la población; la clase media, otrora emblemática de la sociedad nacional, está en franco declive, y las clases marginadas, millones, agudizan su depauperación oprobiosa.

Las preguntas anteriores podrían al mismo tiempo encauzarse en una sola (igualmente nada original): ¿qué hacer? Si bien es evidente que la solución a esas interrogantes rebasa por mucho nuestras posibilidades, aspiramos acaso a atender la inquietud fundamental que es la de bosquejar algunas ideas desde el terreno ético, que contribuyan a la reflexión sobre una coyuntura en la que pueden, o bien definirse las rutas hacia una transformación gradual de las estructuras nacionales, o bien, prolongar el camino de la disciplina prevaleciente. Por eso, ofrecer ideas posicionadas desde la Ética, puede dar un poco de perspectiva al análisis político, hoy tan propenso a la mercantilización y la frivolidad de lo que justamente se maneja como una mercancía, desde la mercadotecnia política.

Estas líneas se posicionan desde la Ética ya que al tener su fundamento en el estudio de la moral, y al ser ésta elucidación entre el bien y el mal, y procuración del primero, busco disipar el problema específico de ¿cuál es la relación entre ética y política? Para así, pues, ofrecer elementos de reflexión sobre un mejor hacer.

El vínculo entre Ética y Política

Para entrar en materia, es menester recordar que desde que el hombre adquiere conciencia de su ser le imprime un sentido, una orientación de sí y de su proyecto, por que es claro que no se ha mantenido en la inacción o el letargo. De ello se desprende una concepción de lo que se procura, de su proyecto, y tácitamente, así el hombre se inventa la moral, se crea, pues, una noción del bien y del mal. Y es que, sencillamente, sin moral ninguna, el hombre no habría sobrevivido; la moral nos contiene pero al mismo tiempo nos libera, nos limita pero nos hace a la vez posibles por gracia de la conciencia y la libertad.

Es por eso que en el carácter histórico de la moral está también el carácter político del hombre, ya que cada moral define explícita o implícitamente el orden social al cual ha de asimilarse el sujeto particular. Por eso la moral cambia, porque se corresponde con un orden social y político al cual legitima. El sujeto social delimita y se define por la acción regular, cotidiana, y en ello perfila una idea o modelo de deber particular ante el colectivo, y de deber general para el colectivo en sí.

Así lo reconoce Aristóteles cuando plantea en su Política la necesidad de los hombres por convivir, en primera instancia, para reproducir la especie, y luego, la necesidad de darle un orden a esa convivencia.[1] De tal suerte que los hombres forman familias, una colonia de familias conforma un municipio y éste, finalmente da lugar a la ciudad: «La asociación última de municipios es la ciudad. Es la comunidad que ha llegado al extremo de bastarse en todo virtualmente a sí misma, y que si ha nacido de la necesidad de vivir, subsiste porque puede proveer a una vida cumplida».[2] Es esa posibilidad de la comunidad como polis, de proveer una vida que se cumple, la que refuerza la tesis teleológica aristotélica de la polis como un fin en sí mismo.

Independientemente de la idea incompatible con nuestra especificidad histórica acerca de la sumisión «natural» de las mujeres y los siervos, la idea general sobre la necesidad de una comunidad, o polis, se ha venido manteniendo como una necesidad del hombre por trascender como especie en el tiempo y de hacerlo bajo un orden social. Por eso es claro para el estagirita que «[...] la ciudad es una de las cosas que existen por naturaleza, y que el hombre es por naturaleza un animal político»[3]; es decir, la polis existe consustancialmente con la necesidad humana de sobrevivir y trascender en medio de la naturaleza. Ese fin debe hacer cumplir la misma existencia más allá de la biológica, es decir, constituir al hombre, vale adelantar, humanizarlo, ya que «[...] quien por naturaleza y no por casos de fortuna carece de ciudad, está por debajo o por encima de lo que es el hombre»[4]. O sea, el hombre amante de la guerra, abestializado, meramente animal; o acaso aquél que no responde a lo humano, sino que se asume por encima de ello, soberbiamente se diviniza y cree no necesitar a los otros, a sus semejantes.

Y es que Aristóteles reconoce en el hombre capacidades distintivas del resto de las especies, y con la facultad de la palabra, perfila la asociación entre política (desprendimiento de polis) y moral: «[...] la palabra está para hacer patente lo provechoso y lo nocivo, lo mismo que lo justo y lo injusto; y lo propio del hombre con respecto a los demás animales es que él solo tiene la percepción de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto y de otras cualidades semejantes, y la participación común en estas percepciones es lo que constituye la familia y la ciudad[5] Es así, pues, esa participación común de las percepciones de lo bueno y lo malo, lo que constituye a la moral.

Por eso la polis, con la (su) moral, es anterior y trasciende a la familia y al individuo.

El todo, en efecto, es necesariamente anterior a la parte. Destruido el todo corporal no habrá ni pie ni mano [...] Es pues manifiesto que la ciudad es por naturaleza anterior al individuo, pues si el individuo no puede de por sí bastarse a sí mismo, deberá estar con el todo político en la misma relación que las otras partes lo están con su respectivo todo. El que sea incapaz de entrar en esta participación común, o que, a causa de su propia suficiencia, no necesite de ella, no es más parte de la ciudad, sino que es una bestia o un dios.[6]

Es esa y no otra la necesidad de la moral; como apuntamos arriba, la vida comunitaria de la polis es la que permite hacer del hombre un humano, lo hace posible. «Pues así como el hombre, cuando llega a su perfección, es el mejor de los animales, así también es el peor de todos cuando está divorciado de la ley y la justicia.»[7] De otra forma, bien se bestializa, o se arroga una fatua divinización.

De ello se colige que la política tiene una función, que es la de formar al hombre. El hombre se forma a sí mismo por medio de la comunidad, en el reconocimiento de la moral. Es así que para los griegos, y en específico para Aristóteles, política y moral no sólo son compatibles, sino indisociables.

El deber moral está asociado directamente con el deber social, y si la moral no tiene sentido sino en la expresión social, es por eso que justamente, la cualidad social de la moral es asegurar su orden (ello nos recuerda por qué de la moral viene, luego, el derecho).

Así, pues, moral y política son la expresión conjunta pero específica en el hombre, en su articulación y despliegue como sujeto social. El hombre no puede vivir aislado, ya que, la polis es algo que existe por naturaleza, y al serle natural, como lo indica Aristóteles, es un πολιτικὀν ξῷον.

Pero ¿cómo se articula esa conjunción social en el hombre mismo? Aristóteles, nuevamente de forma teleológica, señala en la Ética nicomáquea que todos los hombres buscan, por naturaleza, la felicidad. El telos del hombre es ser feliz. Así, esa procuración de la felicidad requiere del hombre una conducción que le acerque a ese objetivo último. Sencillamente, si el hombre no es feliz, ¿para qué ser ético?

Visto así el asunto, no parece faltarle razón a Aristóteles ya que, efectivamente, es difícil encontrar a una persona que no desee la felicidad. Si bien ahí el problema parece irresoluble, ya que: ¿qué es la felicidad misma, si no algo muy individual?, puede, sin embargo, rebasarse el subjetivismo pleno y comprenderse que si aquélla no está detrás de las actividades humanas, el ser ético o moral no tiene mayor sustento.

De esto se comprende que, si bien Aristóteles hallará en la vida teorética la máxima expresión de la felicidad, el punto de arranque es sostener que el fin de la Ética no es el conocimiento, sino la acción, la praxis en tanto conducción correcta de la vida: «el fin de la política no es el conocimiento, sino la acción»[8].

Es así que el señalamiento del Libro primero, sobre que toda actividad humana tiene un fin, y propiamente un fin que se concreta en lo bueno y lo mejor[9], sirve como elemento para un análisis en el que el conocimiento de la Ética no es meramente formal, sino que forma parte de la Política, dado que

[...] el conocimiento de este bien tendrá un gran peso en nuestra vida [...] debemos intentar determinar, esquemáticamente al menos, cuál es este bien y a cuál de las ciencias o facultades pertenece. Parecería que ha de ser la suprema y directiva en grado sumo. Ésta es, manifiestamente, la política. En efecto, ella es la que regula qué ciencias son necesarias en las ciudades y cuáles ha de aprender cada uno y hasta qué extremo. [...] Y puesto que la política se sirve de las demás ciencias y prescribe, además, qué se debe hacer y qué se debe evitar, el fin de ella incluirá los fines de las demás ciencias, de modo que constituirá el bien del hombre».[10]

La conexión existente entre la Ética y la Política, será, pues, estrechísima en tanto la primera forma parte de la segunda, esa ciencia a la cual se supeditan las demás. En tanto la política constituirá el bien del hombre, la Ética se halla en ese camino mediador, haciéndolo no para uno, sino para la colectividad: «[...] porque procurar el bien de una persona es algo deseable, pero es más hermoso y divino conseguirlo para un pueblo y para ciudades.»[11] Por lo tanto, la imbricación significa que la Ética es micro-política, y la Política es macro-ética.

La escisión, mas no divorcio, entre Ética y Política

No obstante, estas ideas se transformarían con el transcurso del tiempo. La democracia griega se erosionó, dio lugar al gran imperio romano y luego, tras largos siglos, no se conoció más que un orden constreñido bajo el yugo dogmático de la iglesia. La Política se subordinó durante el oscurantismo a la ordenación feudal, monárquico-eclesiástica.

No obstante, con el Renacimiento se recuperó la ligazón entre Ética y Política, si bien con notorios rasgos distintivos en relación a Aristóteles, y se halla expuesta con suma rotundez con el pensador florentino Niccolò Machiavelli (Maquiavelo en adelante), a raíz de su obra más significativa, Il principe de 1513.

Con Maquiavelo, se va delineando la especificidad de la Política como ciencia independiente de la filosofía moral o Ética. Primeramente, está independencia la presenta Maquiavelo, disociando enfáticamente a la política de la sociedad; él ya no habla sobre el zoon politikon aristotélico, sino de hombres como individuos, aglutinados en un pueblo, y gobernantes despersonalizados de esos individuos, quienes deben dirigir al poppolo, a la masa. Sociedad y política ya no serían más unidad.

Con el Renacimiento, algunos esbozos de modernidad hacen su aparición y esa distinción entre la comunidad, o desde entonces “esfera social”y la “esfera política” requieren, según Maquiavelo, de un especialista en la conservación del poder. Para tal empresa, es menester apegarse al realismo, y por tal cuestión, se presume en Maquiavelo un asomo de reproche a los antiguos cuando indica: «Muchos han imaginado repúblicas y principados que nunca han sido vistos ni conocidos en la realidad, y es que hay tanta diferencia entre cómo se vive y cómo habría que vivir, que el que no se ocupa de lo que se hace para preocuparse de lo que habría que hacer, aprende antes a fracasar que a sobrevivir.»[12]

Ahí ya se plasma la pertinencia del ejercicio político apegado a la eficacia, y no a la moral; al hacer efectivo, y no necesariamente al deber moral. Para Maquiavelo, la Política es el medio de conseguir y mantener el poder de gobernar, y no ya una actividad moral referida al bienestar de los hombres. Política y poder son cosas ya también disociadas: la política es el medio, y el poder el fin. Sartori evoca cómo:

Para los autores medievales y renacentistas [...] el dominium politicum no era “político” en nuestro significado, sino en el significado de Aristóteles [...] la voz politicum designaba la “visión horizontal”, mientras que el discurso vertical se desarrollaba mediante las voces realeza, despotismo y principado». Por eso, «si hay un término que simbolizaba más que ningún otro el enfoque vertical, el discurso que llamaríamos característicamente político, este término era “príncipe”».[13]

Maquiavelo ve con extraordinaria lucidez la descomposición del orden medieval, y sobre todo, las nuevas necesidades de un gobierno para una sociedad que ya no se asemeja más a la antigua polis. Es mérito de Maquiavelo el detectar la nueva sociedad en ascenso[14], advertir claramente la evolución política que exigía esa dirección. Nadie percibió mejor que él el arcaísmo de las instituciones que estaban siendo desplazadas, y reflexionar sobre ese gran cambio le significó también reconocer que la Política es el arte de gobernar; explicitar que el pueblo necesita de un control, retomar una directriz que le dé organización y coherencia fuera de sí misma, para enfrentar los nuevos tiempos jerarquizados (verticales).

Con esa claridad para examinar la situación política, mediante la observación de la decadencia italiana, Maquiavelo separa a la política de sus tintes humanistas, si bien esos le dieron un sentido inicial al cuestionar la política católica y sostener el ideal de la renovación política, pero el florentino ya no ve a un hombre generoso ni desinteresado, y ante ello recomienda: «[...] es más seguro ser temido que ser amado. Porque, en general, se puede afirmar que los hombres son ingratos, inconstantes, falsos y fingidores, cobardes ante el peligro y ávidos de riqueza...»[15]. Razón por la que sugiere: «[...] el príncipe debe hacerse temer de manera que, si no consigue el amor del pueblo, por lo menos evite suodio, porque puede perfectamente ser temido sin ser odiado al mismo tiempo, y lo conseguirá siempre que no toque ni las posesiones ni las mujeres de sus ciudadanos y sus súbditos [...] porque los hombres olvidan antes la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio»[16].

Esta cita es valiosa por dos sentidos, primeramente, por hacer notorio el ascenso de un ethos en el cual el interés patrimonial está ya por encima de las cuestiones morales o humanitarias, y en segundo lugar, por clarificar la impericia de la expresión «el fin justifica los medios», ya que cuando Maquiavelo dice que si el príncipe no logra hacerse amar, debemas nunca ser odiado, lo que debe evitar a toda costa, ya que esto lo único que logrará será erosionar su legitimidad y la lealtad de sus súbditos. al menos darse a temer,

Es por eso que exhorta Maquiavelo: «Haga pues el príncipe lo necesario para vencer y mantener el estado, y los medios que utilice siempre serán considerados honrados y serán alabados por todos. Porque el vulgo siempre se deja llevar por la apariencia y por el éxito del acontecimiento».[17] Evidentemente se trata de la finalidad eficientista, mas no a cualquier costa, ya que el pueblo juzga sobre la base de resultados. Al respecto, Martinelli[18], ha comentado que la expresión popular es inexacta e injusta; en su interpretación, Maquiavelo señala que el fin, califica los medios.

Visto así el punto, la eficacia o ineficacia de los actos, calificará más que justificará los medios. Esto ya que no hay una receta ineluctable para gobernar, y el príncipe puede acertar o errar, y de acuerdo a tales resultados, ser aceptado, temido o repudiado por su pueblo, donde esto último, es lo menos adecuado para el gobernante. Es por eso que sólo hay una restricción para el gobernante, y es auto-impuesta por su propio juicio:

[...] es necesario que el príncipe sepa evitar con su prudencia la infamia de aquellos vicios que le quitarían el estado, y sepa guardarse, en lo posible, de los que no se lo quitarían; no obstante, si no es capaz, puede dejarse llevar por ellos sin demasiado temor. Y además no debe preocuparse de incurrir en la infamia de aquellos vicios sin los cuales difícilmente podría salvar el estado, porque, si se examina todo atentamente, se encontrarán cosas que parecen virtudes y sin embargo le llevaría a la ruina, y otras que parecen vicios, de los que por el contrario nacerán su seguridad y su bienestar.[19]

Por eso también Maquiavelo introduce en concepto hoy conocido como «razón de Estado», la coerción y la violencia sin rendimiento de cuentas en el nombre del mismo pueblo. De tal suerte que, «[...] un príncipe no debe preocuparse de tener fama de cruel por mantener a sus súbditos unidos y fieles, porque, con muy pocos ejemplos, será más piadoso que aquellos que por ser demasiado humanos dejan que sigan los desórdenes, de los que nacen asesinatos y robos; porque éstos suelen perjudicar a la entera sociedad, mientras que las ejecuciones que decreta el príncipe sólo ofenden a individuos concretos»[20]. Por tal motivo, el gobernante exige al ciudadano una moral que él mismo no comparte, está fuera del grupo, más allá de toda restricción; no así los ciudadanos. Si acaso el fin justificara los medios, el fin está arraigado no al príncipe por él mismo, sino al pueblo, a los súbditos a quienes debe mantener unidos y fieles.

Pero vale preguntar ahora, ¿con Maquiavelo la política tiene entonces una acepción a-moral, es decir, una auto-justificación perenne, per se? Aparentemente así sería, mas vale advertir que Maquiavelo no escribe delineando una tiranía, de ahí que se revele como inapropiado el concepto «maquiavelismo» como sinónimo de perversidad. Cuando Maquiavelo reflexiona en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, acerca de las formas de gobierno, reconoce tres formas buenas y tres malas. Las primeras son: el principado, el de los poderosos y el popular. Las formas de gobierno malas surgen de la corrupción de cada una de las anteriores, advierte el riesgo (indeseable para él) de que el principado se convierta en tiranía o despotismo, el de los poderosos en oligarquía y el popular en anarquía.

Por eso en la política realista de Maquiavelo debe apreciarse el objetivo último en la conducción a buen puerto de la vida de los hombres coexistiendo en colectividad a través de una convivencia ordenada y libre. El soporte que permite el ejercicio del poder es la institución llamada «Estado», y hay que encaramarse en él para estar en una posición de privilegio, de poder. Puede sugerirse, así, que más que divorciar mediante una antítesis la Ética de la Política, lo que Maquiavelo hace es distinguir aquello que ya se había separado (no divorciado) con respecto a la unión esencial planteada por Aristóteles.

El sentido político y moral de las nociones de ‘Izquierda’ y ‘Derecha’

Ahora bien, la idea de comunidad se ve alterada en el esplendor de la modernidad. Con las grandes transformaciones sociales, técnicas y políticas se trastoca el sentido clásico y renacentista de la comunidad ya que se agudiza la individualización de la otrora polis. El ascenso del liberalismo rompe la homogeneidad comunitaria y emerge un individuo que tiende sólo a ver por sí mismo.

La forma de la representación política hace que el individuo ya no actué directamente sino sólo a través de su delegado en el parlamento. Pero aún más riesgoso es el hecho de que el ascenso y consolidación del capitalismo absorbe a la política, y con ello, a la comunidad. Es ese el sentido que impulsa a una de esas grandes transformaciones, a la revolución francesa, emblema de revolución burguesa para suplantar a un régimen feudal.

Justamente a raíz de ese movimiento, se han abanderado los conceptos de ‘Izquierda’ y ‘Derecha’, desde su acuñamiento allá durante las asambleas de la revolución francesa; el capitalismo divide a la política en posiciones geométricas: a la izquierda las causas de la humanidad desprotegida en aras de un progreso social de igualdad; a la Derecha, las causas de los poderosos que desean conservar sus privilegios.

Ahora bien, recientemente se ha tratado de imponer la idea de que han desaparecido estas categorías, que con el fin del pseudo-socialismo soviético y el «fin de la historia» proclamado por Fukuyama, lo único que habría que seguir es el camino de la economía de libre mercado (es decir, el neoliberalismo) y la democracia liberal-procedimental. Por lo tanto, si ya no tendría sentido la Izquierda, la Derecha, en su plenitud no debe ser más justificada.

Empero, como ha sido señalado por Bobbio[21], los conceptos de ‘Izquierda’ y ‘Derecha’, lejos de ser obsoletos están presentes en la definición de las estructuras económicas, sociales y políticas que especifican el rumbo de la sociedad mundial, y también la nacional. Si bien, reconoce el mismo Bobbio —citando a Revelli—[22], Izquierda y Derecha no son nociones absolutas ni estáticas, sino relativas y dinámicas, sí ayudan, empero, a definir las posiciones en torno a las cuales se ha caracterizado históricamente la tensión irreconciliable entre progresismo y conservadurismo.

La Izquierda es aquella posición que, con un influjo rousseauniano, busca refrendar las bondades de una sociedad igualitaria, mas no uniforme, al reconocer la capitalidad de la libertad. Promueve entonces, un esquema social horizontal. Frente a los efectos de la economía contemporánea, la Izquierda no debería hacer tantas concesiones que de facto, parece venir haciendo.

En oposición, el conservadurismo, es decir, la Derecha, plantea la perpetuación de un orden social vertical, jerárquico, donde priva la desigualdad económica, social y política. La Derecha se siente cómoda, pues, con un orden social así como el actual, que polariza el ingreso, depaupera las condiciones laborales, privatiza los bienes nacionales y la riqueza, socializa las pérdidas, excluye a millones de jóvenes de la posibilidad de la educación, convirtiendo ésta en una mercancía más, etcétera.

Así, pues, la tensión entre ambas posiciones no puede suprimirse, en medio de un orden mundial que privilegia la exclusión y la desigualdad más oprobiosas.

Como bien se sabe, a pesar de las controversias lingüísticas, el liberalismo contemporáneo se ha refrescado con el neoderechismo económico. Ello ha sido levantado gracias a la implementación de medidas que pasan por encima de la voluntad general de la sociedad. Se borra la búsqueda del consenso y la comunidad queda marginada ante las decisiones que toma una minoría tecnócrata, la cual responde a los dictados de las leyes del mercado, mas no conoce la prudencia maquiavélica ni la virtud aristotélica para generar marcos de desarrollo a la comunidad, y ni siquiera, a aquellos hombres que se afanan en sus labores. Sencillamente se exacerba la explotación. Como comenta Martinelli, «Esta especie niega la política y desprecia la participación popular: son "maquiavelistas" vulgares y para ellos el fin sí justifica los medios. Un neologismo no muy feliz los caracteriza como "neoliberales" aunque de liberales tengan poco y de conservadores mucho».[23]

Hoy por hoy, en distintas relaciones como las que se dan entre individuos, grupos sociales, así como entre países, se ha impuesto la idea de que la Izquierda ha quedado arredrada. El golpe ideológico del desmoronamiento del proyecto soviético, a pesar de las falencias internas, ha sido eficaz para hacer parecer que «no tiene sentido» seguir luchando por esa igualdad libertaria.

No obstante, un reconocimiento crítico, es decir, verdaderamente analítico, no hace más que revalidarnos la ineluctable necesidad de reconsiderar la díada Izquierda-Derecha para actuar socialmente y contener los efectos del orden prevaleciente. ¿Por qué? Sencillamente por que resulta inaceptable moralmente asumir acríticamente la prolongación de un orden que divide, polarizándolas, a las comunidades y a los hombres.

Bobbio halla la gran distinción entre Izquierda y Derecha sobre el criterio de las posiciones en torno a la igualdad. Si bien, como indicamos arriba, esta noción es toral, nos sumamos a Sánchez Vázquez cuando señala: «[...] nos permitimos discrepar de Bobbio [...] al considerar insuficiente este criterio único y completarlo con el de la libertad.»

[Y aun más], la distinción política de derecha e izquierda tiene que echar mano de otros criterios que permitan definir estas posiciones ante múltiples referentes, como son: Estado y sociedad civil, relaciones de propiedad, papel del mercado, reivindicaciones de las minorías étnicas nacionales o sexuales; relaciones diversas: entre el hombre y la naturaleza, la iglesia y el Estado o entre las naciones, así como políticas concretas: de bienestar social, fiscal, laboral, científica, educativa, artística, etcétera.[24]

Es decir, tomando como fundamento la libertad y la igualdad, la diferencia entre Izquierda y Derecha implica una cosmovisión distinta cerca de la idea de hombre con que se proyectan las decisiones en el terreno político específico. Pero aún más, ser de Izquierda o de Derecha, tiene que ver con un decisión más profunda, tiene qué ver con una visión de la vida misma, tácita o expresa. Es por ello que ser es también estar. «Ser de izquierda —o más exactamente estar a la izquierda— sigue significando hoy asumir con un contenido concreto, efectivo, ciertos valores universales: dignidad humana, igualdad, libertad, democracia, solidaridad y derechos humanos, cuya negación, proclamación retórica o angostamiento han sido siempre propios de la práctica política de derecha».[25]

Ello podría conducir hacia una breve disquisición sobre el rumbo que la política define en el plano realmente existente, cuando se plasma en condiciones de vida para la comunidad. O en otros términos, la ruta hacia el progreso que tienen las sociedades. Y en este ámbito, debemos reconocer que no se ha seguido un trayecto precisamente definido hacia la humanidad. Por eso quizá, Rodríguez Araujo cuestiona la idea de progreso ante resultados y experiencias históricas endebles como el soviético, el macartismo, la militarización de la «libertad», la mercantilización de la democracia, la manipulación y apropiación que se hace de la técnica y sus frutos, la violación de los derechos humanos fundamentales, o la cosificación de la vida contemporánea. Por tales motivos, y más, parece que «Ciertas izquierdas y algunas ultraderechas ven en los defensores del progreso y en el progreso mismo un adversario o un enemigo. La idea de progreso, en las sociedades capitalistas [...], supuso y supone, por otro lado, una mayor jerarquización de la sociedad, es decir mayores desigualdades, particularmente visibles en el mundo capitalista».[26]

Pero sobre esta afirmación, consideramos que no debe situarse el progresismo únicamente sobre el progreso económico o técnico; éstos, como tales, son neutros en términos morales, y así, proclives a una modulación virtuosa o perversa. Los instrumentos técnicos de los cuáles se valgan los regímenes políticos no son en sí materia de apreciación moral, sino justamente el sentido hacia el cual encaminen los regímenes esos instrumentos. Así, por ejemplo, Estados Unidos o China pueden ufanarse de ser, uno el país más rico del mundo, al producir un veinticinco por ciento de la riqueza mundial, o la otra, experimentar tasas extraordinarias de crecimiento y avance tecnológico. Sin embargo, en ambos casos, no destacan precisamente por su desarrollo en cuanto a la moral. U otro escenario como el de México y la América mestiza en general, donde la ausencia de progreso material predispone a las mayorías a la miseria no sólo material, sino espiritual. El mismo Rodríguez Araujo alcanza a apreciar esto cuando advierte: «El progreso tiene víctimas. El no progreso también».[27]

Así, Derecha e Izquierda en cuanto al progreso, se definen últimamente en torno al progreso moral, entendido como la ampliación de la libertad y conciencia que el sujeto tiene sobre sí y su acción. Si bien, es obvio que para que exista un progreso moral, debe darse paralelamente un avance en materia de progreso histórico[28], a partir del crecimiento en la producción material (crecimiento y desarrollo económico), de la organización social (desarrollo político) y de la cultura. El plantear que el progreso histórico crea las condiciones necesarias (pero insuficientes per se) para el progreso moral, no es más que retomar una idea netamente aristotélica acerca de la felicidad a la cual tienden los hombres por naturaleza. Recuérdese que para Aristóteles, sin libertad y sin condiciones materiales de vida que les permitieran a los hombres desembarazarse de la necesidad, la felicidad quedaba impedida.

En última instancia, seguimos siendo sujetos políticos, quizá no ya en el sentido originario clásico griego. Pero sí en cuanto a la participación que se desempeña durante la vida cotidiana. No todo mundo se dedica enteramente a la actividad de la persecución y mantenimiento del poder, pero sí somos afectados por las decisiones que, mediante políticas públicas, se toman en esta esfera. Y mientras no se sea invulnerable a estos efectos, se tiene una responsabilidad por el aval que se le dé a uno u otro sentido de esas decisiones, de Izquierda o de Derecha. De tal forma que se actúa políticamente en la acción consciente, pero también en la omisión, ya que quien no ejerza sus derechos y obligaciones políticas, o quien se desinteresa, por omisión avala tácitamente la conservación del orden establecido, y así, stricto sensu, se vuelve conservador y de derecha, al no decantarse hacia una transformación de ese orden.

Observaciones finales

En estas páginas se ha intentado plantear la relación entre Ética y Política. A través de concepciones como la aristotélica y la maquiavélica, en las que puede apreciarse la preocupación por el sentido de la comunidad y cómo en aras de darle un orden y una proyección se erige la Política como la actividad encargada de encauzar a la sociedad hacia un orden en el cual los hombres son posibles, pueden hacerse, y para ello, deben mantenerse en el apego a las decisiones del Estado, como expresión o síntesis de la voluntad general.

También se puede apreciar cómo en la época contemporánea ese fin de la política se ha desvirtuado hacia la mera administración de los intereses particulares de los poderosos, en demérito franco de las mayorías marginadas de todo desarrollo.

Por eso es alarmante presenciar, en ocasiones involuntariamente, las condiciones coyunturales de nuestra realidad política, caracterizada por campañas electorales plagadas de artimañas y embustes, halladas en las antípodas de la moral. Pero ello es, justamente, materia de reflexión de la Ética sobre la cual ofrecimos brevísimas consideraciones. Vale preguntarse, por ejemplo, si es certero apelar a la libertad de expresión si ésta se plasma en expresiones mentirosas y calumniosas encaminadas hacia la manipulación de una sociedad envuelta por la difusión mediática.

La derecha mexicana está muy activa hoy en día. En años recientes, es evidente la premeditación para generar un clima violento que se asocie con la Izquierda, parece ser el claro objetivo de un régimen que se encamina hacia la procuración de la manutención del poder a costa de lo que sea. No importa si se llega con las manos sucias; al parecer ciertos actores de la Derecha mexicana asumen que el fin sí justifica todos los medios. Mas olvidan, o probablemente ignoran, que Maquiavelo no procura a un gobernante que se sitúe dictatorialmente por encima de su pueblo; el florentino no propone una tiranía, y bien le advierte al príncipe que si acaso no pueda ser amado, procure ser temido, pero también le advierte que se cuide de ser odiado, por que en el exceso puede implicarse su declive. Vale la pena subrayar eso, Maquiavelo no valida un abuso ciego del poder, que devendría el odio del pueblo hacia el príncipe, quien se degradaría hacia un despotismo. Ante acontecimientos contemporáneos y recientes de nuestro país, vale preguntar: ¿el ciudadano de hoy, respeta, teme u odia a sus gobernantes? Es claro que, salvo escasísimos casos, no tiene sentido preguntar si se les ama.

De ahí mi última insistencia en revalorar a la Izquierda, criticándola, revisándola y discutiéndola para poder hacer frente efectivo a la ola que lucra políticamente con la abulia, el desinterés y el hartazgo por un espacio que es de todos y en el cual no tenemos decisión activa: la comunidad y su rumbo.

Así, sólo ejercitando nuestros derechos y ganando mayores espacios de acción se podrá avanzar en pos de una sociedad más justa, o acaso menos desigual. Bien vale reconsiderar los anhelos más profundos de la Izquierda, la necesidad de transformar a la sociedad, justo hoy que ello es más necesario. ¿O no debiera ser en nuestra sociedad, una impronta la búsqueda por rebasar los sometimientos contemporáneos por la libertad de todos?

¿Olvidamos la ambición de la transformación del mundo, y nos contentamos o adaptamos a la democracia liberal? No, por que se puede ser, a la vez, demócrata y revolucionario.

Obras consultadas:

Aristóteles. Ética nicomáquea. Trad. y notas Julio Pallí Bonet. Madrid, Gredos, 2000.

Aristóteles. Política. Introd., versión y notas Antonio Gómez Robledo. México, UNAM, 2000.

Bobbio, Norberto. Derecha e izquierda. Trad. Alessandra Picone. Madrid, Punto de lectura, 2001.

Bobbio, Norberto. “Política y moral”, en Nexos, núm. 172. México, abril, 1992.

Echeverría, Bolívar. Las ilusiones de la modernidad. México, UNAM/El Equilibrista, 1995.

Machiavelli, Niccolò. El príncipe. Trad. Eli Leonetti Jungl. Barcelona, Planeta-DeAgostini, 1995.

Martinelli, José María. «En defensa de Maquiavelo», en Memoria, núm. 117. México, noviembre, 1998.

Meyer, Lorenzo. «Ética y política», en González, Juliana y Landa, Josu (coords.). Los valores humanos en México. México, Siglo XXI, 2001.

Rodríguez Araujo, Octavio. Derechas y ultraderechas en el mundo. México, Siglo XXI, 2004.

Sánchez Vázquez, Adolfo. Ética. Barcelona, Crítica, 1999.

Sánchez Vázquez, Adolfo. «Izquierda y derecha en política: ¿y en la moral?», en Sánchez Vázquez, Adolfo. Entre la realidad y la utopía. México, FCE, 1999.

Sartori, Giovanni. La política. México, FCE, 1984.

Villoro, Luis. El poder y el valor. México, FCE, 1997.



[1] «Es [...] necesidad, por razones de seguridad, la unión entre los que por naturaleza deben respectivamente mandar y obedecer». Aristóteles. Política, 1252a30.

Vale advertir que cuando apunta «por naturaleza», Aristóteles está respondiendo a una determinación social de su época, la cual no logras trascender y que le lleva a confundir la convención social histórico-transitoria con la naturaleza humana.

[2] Aristóteles. Op. cit., 1252b30. Subrayado mío.

[3] Ibid, 1253a

[4] Ibidem

[5] Ibid, 1253a15. Subrayado mío.

[6] Ibid, 1253a30. Subrayado mío.

[7] Ibidem

[8] Aristóteles. Ética nicomáquea, L. I, 1095a5-7

[9] Ibid, L. I, 1094a20

[10] Ibid, 1094a-1094b5

[11] Ibid, 1094b5

[12] Maquiavelo, Nicolás. El príncipe, p. 109.

[13] Sartori, Giovanni. La política, pp. 206-207. Cursivas y subrayado originales.

[14] Por eso se le concibe como el padre de la ciencia política moderna.

[15] Maquiavelo, op. cit: 116.

[16] Ibid, pp. 116-117. Subrayado mío.

[17] Ibid, p. 121.

[18] Cfr. Martinelli, José María. «En defensa de Maquiavelo»

[19] Maquiavelo, Nicolás. El príncipe, p. 110.

[20] Ibid, p. 115.

[21] Cfr. Bobbio, Norberto. Derecha e izquierda, introd. y cap. 1.

[22] Cfr. Ibid, p. 125.

[23] Martinelli, José María. «En defensa de Maquiavelo», p. 3.

[24] Sánchez Vázquez, Adolfo. «Izquierda y derecha en política», p. 148.

[25] Ibid, pp. 148-149.

[26] Rodríguez Araujo, Octavio. Derechas y ultraderechas en el mundo, p. 18.

[27] Ibidem.

[28] Cfr. Sánchez Vázquez, Adolfo. Ética, p. 53 y ss.


2 comentarios:

  1. Magister dixit… o más bien, lo escribió… (Quitándole la ironía a la locución, escribo en serio)…

    Al leer lo de la Revolución Francesa me fue irremediable conmemorar algunas líneas del “Manifiesto”, indudable que las influencias siempre están presentes.

    Hay una entrevista del 97 que Proceso le hizo a Sánchez Vázquez, donde justamente el lúcido Sr habla sobre la Izquierda, la moral y los grupos retrógrados conservadores (léase Derecha), pensamientos expresados en aquel diálogo muy próximos y congruentes con lo que escribe.

    Respecto a su cuestionamiento de apelar a la libertad de expresión plasmada en expresiones patrañeras y tramposas, recordemos que en este país la “libertad de expresión” significa: “la usanza de los recursos a favor del partido en turno, todo lo restante es populismo, insubordinaciones, rencor y aborrecimiento a ese ‘neoderechismo’ (mencionado en su escrito) que pretende que la realidad sea ajustada según su utopía ideal o pensamiento único”. Aunque aplica a todos, es común que se piense que los demás deben respetar mi “libertad de expresarme”, pero si no estoy de acuerdo con los demás o no me beneficia, por supuesto, ellos no deben poder pronunciarse.

    Y ya metiéndome con el neoliberalismo (¿o imperialismo?), que al intentar dominar al mundo (tipo historia de súper héroes) ha impuesto y fomentado el lucro individual, la insensibilidad social y la inmediatez del mercado, no sólo con su violencia y destrucción, sino se ha valido también del terrorismo de Estado y del económico, pero el papel principal y de mayor importancia lo tiene el dominio ideológico de todos los campos, tanto el de los dominados como el de los dominantes que se creen también su cuento ilusorio. Todo esto ha perturbado a las concepciones tanto aristotélica como a la maquiavélica rezagando así en la mayoría, valores dignos de lucha.

    Para finalizar, quedaría la interrogante sobre que será mejor en el momento actual: ¿la resistencia o la alternativa?, al resistirse se rechaza teórica y prácticamente el modelo socioeconómico-político vigente dado la concientización realizada, sin embargo, el puro rechazo se vuelve algo endeble, ya que generalmente no se pasa a la propuesta. Y la alternativa, inspirada en firmes convicciones, respondiendo a su propia naturaleza es en sí una propuesta, sustentada en las capacidades intelectuales, morales y políticas inherentes al proceso de su elaboración.

    …Más vale tener presente que las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran (verba movent, exempla trahunt).

    ResponderEliminar
  2. Gracias por tus apreciaciones Sarahi, son como siempre agudas y con fundamento.

    ResponderEliminar

Entradas populares

Seguidores

Buscar este blog