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"LA CRÍTICA NO HA QUITADO LAS FLORES IMAGINARIAS DE LAS CADENAS PARA QUE EL HOMBRE SOPORTE A ESTAS ÚLTIMAS SIN FANTASÍAS NI CONSUELO, SINO PARA QUE SE DESPOJE DE ELLAS Y RECOJA LA FLOR VIVA".

-Irving Zeitlin

1 de abril de 2009

¿Hacia una nueva economía?

Este jueves 2 de abril comienza, en Londres, la reunión del G20*, grupo de países desarrollados que incluye a algunas de las economías llamadas eufemísticamente "emergentes". En esta ocasión, la discusión liderada por Barack Obama y los principales líderes políticos de Europa (esencialmente los de Inglaterra, Francia y Alemania), habrán de tomar decisiones para fijar un rumbo a la turbulenta economía mundial. No es raro hallar expresiones positivas, optimistas e incluso ansiosas acerca de esta reunión. A reserva de animar aún más la categorización de mi "pesimismo", creo pertinente tomar relativa distancia de este tipo de actos. Este tipo de reuniones cada vez resultan más, un espacio de lucimiento público, que incluso, como en el caso de nuestro país, resulta insulso por la nimiedad de las posturas que manifiesta quien se ostenta en el poder; es por ende, poco probable que puedan resolverse los problemas, si antes no hay voluntad de plantear bien los dilemas.
Esta crisis tiene un origen financiero basado en los excesos del capital-dinero en su búsqueda por acrecentar su valorización, y cuando los límites de la producción dejaron de serle rentable, el capital-dinero procuró hasta la desmesura, la valorización bajo la forma más “fetichista” a decir de Marx, consistente en la creencia de invertir en dinero que hace dinero. Esta es, la manera que además de fetichista, también la que hace del crédito, capital ficticio; en tanto que, a diferencia del crédito que apoya la creación de valor real, esto es nueva riqueza que concurre al mercado y que se corresponde con trabajo detrás de su hechura, el capital ficticio no se vincula con la producción de riqueza concreta, sino que simplemente estimula la inflación de activos ya creados con los que se trafica especulativamente, incrementando de forma espuria, el valor de unos activos que no se condicen con los medios para acceder a ellos, porque no hay detrás de sí un proceso de trabajo que genere las posibilidades de consumo; lo que se hace más difícil, evidentemente, con esa inflación de los activos bursatilizados en los mercados financieros.
Como fruto de las obturaciones financieras, que han impactado de lleno a la economía productiva, se manifiesta una crisis de confianza, la cual no se la logrado restituir, una vez que las respuestas han sido de momento insuficientes y poco esclarecedoras, ya que, de hecho, las perspectivas son cada vez menos halagüeñas y nadie puede vislumbrar a ciencia cierta si auténticamente "ya tocó fondo" la crisis, o resta lo peor. En medio de esta crisis de confianza, el crédito está detenido, no fluyen los recursos y echar a andar la maquinaria, sin el combustible crediticio, es imposible; esto es, lo que Keynes llamaba la "trampa de la liquidez". Aun, las deudas de las empresas, desde los grandes corporativos hasta las pequeñas unidades, es un problema que se agravará en el futuro inmediato una vez que la crisis "aterrizará" tras haberse diferido unos meses, pero la situación es impostergable y afectará desde las finanzas particulares de las empresas, hasta a los consumidores y sobre todo al empleo, ya que es evidente que esta crisis está sangrando (de nuevo) a la clase trabajadora.
En la medida de las decisiones políticas, los instrumentos de política económica se acercan peligrosamente a un límite franco, ya que bajar las tasas de interés no parece estar funcionando plenamente, ya que, contrario a la receta de los libros de texto, no se restituye el crédito a la economía real, agudizando la "trampa de la liquidez" y que puede crear un problema inflacionario ante la expansión monetaria; lo que nos recuerda de inmediato la experiencia japonesa de finales de los 1990s.
La otra posibilidad está en la política fiscal, a través de programas de gasto que en Estados Unidos han significado el compromiso de inmensos recursos a costa de los contribuyentes, sin la necesaria garantía de proyectos que incentiven la productividad y la modernización tecnológica y el cuidado medioambiental, como se evidencia en el caso del rescate al sector automotriz estadounidense. Por otro lado, la disminución de impuestos es una medida que en condiciones de normalidad, estimula el consumo, pero esa medida se frena en parte por el problema del desempleo que castiga a millones de personas en todo el mundo, y que a decir de las perspectivas inmediatas de la OIT, seguirá empeorando. De tal suerte, las medidas expansivas de política fiscal también tienen serios límites que deberán sortear los tomadores de decisiones a nivel global.
Esta situación ha animado a China a proponer la sustitución del dólar como moneda de intercambio internacional por antonomasia, en favor de una moneda global constituida con base en una canasta de monedas que le dé al FMI atribuciones regulatorias opuestas a las que prevalecen de momento. No obstante, esta medida ha sido rechazada de inmediato por Estados Unidos, que implica, de suyo, un veto a la idea que no prosperará en el G20, dado el peso que aún tiene el coloso de Norteamérica.
Ante estas condiciones, se revela con nitidez, la necesidad por un lado, de restablecer la confianza en la economía, para que el crédito vuelva al mercado y a financiar la producción, ya que, como suele decirse, es la sangre que permite que funcione el organismo material de la economía. Esta parece ser la apuesta de Estados Unidos frente a la reunión de Londres. Por otro lado, esta la posición europea (de fuerte impulso franco-alemán) de regular a los mercados financieros, los que han en gran medida patrocinado el auge de los políticos que ahora buscarán hallar soluciones a la crisis. Tarea colosal, que considero, podrá ser acaso, el inicio de un proceso más amplio de reconfiguración de la economía mundial, con base en una concientización paulatina de que seguir por los mismos derroteros sólo habrá de agudizar la crisis.
Pero eso requiere de condiciones favorables derivadas de una conciencia social a escala global, de que es imposible continuar por esta ruta, lo que implica una reconsideración de paradigmas que, como el neoliberalismo, se arraigaron profundamente con base en una educación formal e informal de quienes toman las decisiones en el mundo real.
Así, pues, la regulación de la esfera especulativa de la economía exige cambios de una catadura imposible de generarse en los próximos días en Londres, durante la reunión del G20, en la que veremos algunas escaramuzas entre Estados Unidos y Europa, por comandar la reconfiguración de la economía mundial. Esperemos simplemente que ahí se logren algunos consensos para dar inicio a los cambios más amplios que implican esa nueva forma de pensar la vida económica, y de hecho, la vida misma; que dé la pauta a que podamos hablar, fidedignamente, de una nueva economía.

* Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Japón, Francia, Italia, Rusia, China, Suráfrica, Arabia Saudita, Australia, Brasil, Argentina, Canadá, Corea del Sur, India, Indonesia, México, Sudáfrica y Turquia

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